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martes, 28 de enero de 2014

LETRA MENUDA. TARDE DE SOL


Estoy sentado en el patio tomando el sol, mientras apuro las últimas páginas de Sellevision de Burroughs, es una puta mierda de libro aunque mi hermana diga lo contrario.
Una vieja mastica frenetica cerca de aquí, no se qué es pero es tremendamente crujiente. Tiene entre sus manos una bolsita de papel, que no para de estrujar entre sus dedos mientras saca lo que sea que está comiendo.
No le he dicho nada, pero la anciana ahora está mirandome muy fija, inmovil, sin masticar, marmorea, cerulea. Se aferra a su bolsita y la aprierta fuerte contra su regazo como tratando de protegerla de mi, como si fuera a robársela.
Vuelvo a bajar la cabeza para seguir con mi lectura y de nuevo ese chasquidio grotesco y vulgar. Levanto la mirada muy poco a poco y ahí está otra vez la hijaputa haciendo ruido mientras come lo que quiera que sea. Veo como su boca proyecta un microcosmos de partículas de saliba, que al trasluz hacen un sutil juego de reflejos, de no ser por lo asqueroso podríamos decir que es incluso bonito, una pequeña epifanía construida de liquido y luz.
La mujer de repente no está comiendo, me mira de nuevo, no la he visto dejar de comer, como si faltasen algunos fotogramas, Mientras me observa acaricia un camafeo nacarado con una mano. Ahora sonrie, y me extiende con la otra mano la bolsita para que vea algo que lleva escrito, no alcanzo a ver lo que esa vieja zorra me enseña.... que pone psil... psilo... "psilocybe cubensis" que mierda es eso, que quiere esa vieja, por que me señala...?
De repente me sobreasalta el sol en la cara, una señorita me coge del brazo,
  nos vamos - me repite una y otra vez
  ¿mamá?
    terminó la hora del paseo...
Intento revolverme para buscar a la anciana, pero otra vez veo a lo lejos como se acercan corriendo esos dos tipos que visten de blanco.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

LETRA MENUDA. VERDES Y RASGADOS. Folletín melodramático en tres Actos.

Parte II. 20 DE DICIEMBRE DE 1938

El invierno de 1938 fue especialmente duro, era común ver las cunetas sembradas con cadáveres de soldados muertos por congelación. El grado de capitán del cuerpo de ingenieros le otorgaba el privilegio de montar a Gladio, un caballo tordo, noble y fuerte que le acompañaba desde el 36, y eso sin duda en caminos con cuarenta centímetros de nieve era mucho.

Rodrigo Nuñez sentía un gran aprecio por aquel animal, no en vano era el caballo de su padre, un miembro de la familia además de un compañero de armas. Aquella noche una densa niebla lo cubría todo, el batallón avanzaba en silencio por una senda tortuosa y agreste, intuida por el surco que dejaba el paso errático de los soldados.

De pronto un crujido seco rompió el silencio, como si un tronco se hubiese roto bajo el caballo, que cayó como un peso muerto arrastrando consigo al jinete. El caballo relinchaba de dolor con los ojos desorbitados; Rodrigo reparó en su pata trasera quebrada como una rama seca; el hueso había aflorado y un charco de sangre comenzó a teñir la nieve.

Miró a los ojos del animal y durante segundos pareció hacerse el silencio, dejó de escuchar los relinchos atronadores. Despacio, sacó su pistola Astra de 9 mm y disparó mientras una lágrima recorría su mejilla izquierda. Esa fue la penúltima vez que disparó aquella arma.

LETRA MENUDA. VERDES Y RASGADOS. Folletín melodramático en tres Actos.

Parte I. 15 DE NOVIEMBRE DE 1935

Rodrigo Nuñez subió esa tarde los cincuenta y cuatro peldaños de mármol que conducían hasta el lupanar que regentaba mademoiselle Trenant, una viuda que presumía de haber tenido como clientes a los más destacados artistas de Monmartre. Los viernes por la tarde el salón del pequeño piso del centro de la ciudad se llenaba de bachilleres de familias bien de toda la provincia, que apuraban sus pagas antes de volver a casa el fin de semana.

El burdel tenía fama de local con clase, con un aire algo decadente y bohemio. Mientras una gramola inundaba el aire con boleros y canciones francesas, las chicas vistiendo batines de seda desfilaban entre los clientes que apuraban sus copas de Cognac.

Rodrigo hacía tiempo que venía sólo, sin compañía de sus amigos, para encontrarse con Carmelita. No había faltado ni un viernes a su cita, desde aquel día de agosto en que sus hermanos mayores le llevaron para que se estrenase a lo grande. De no ser porque sus hermanos reconocerían aquellos enormes ojos verdes y rasgados, hace tiempo que la hubiese sacado de aquel lugar, liberándose de la angustia que le producía imaginarla con otros hombres, hace tiempo que le hubiese pedido matrimonio. Su familia podría llegar a tolerar que acabase con alguien que no fuese de su clase social, pero jamás con una puta.

Ese año Rodrigo acabaría sus estudios de ingeniería, y su padre le había preparado un prometedor futuro en Casablanca, donde sus contactos le garantizarían un buen cargo en la empresa francesa encargada de la construcción de la línea de ferrocarril.

Rodrigo esperaba ansioso la llegada del viernes, nada le importaba el grupo de hombres con brazaletes de la CNT que se apostaban cada tarde bajo el burdel y murmuraban a sus espaldas, nada ni nadie podía evitar que cada viernes fuera a mirarse en los ojos de Carmelita, para morder suavemente cada rincón de su piel y sumergirse finalmente entre sus muslos torneados. Otras tardes las pasaban riendo como novios, o charlando durante horas sin ser conscientes del tiempo. A mademoiselle Trenant tampoco le importaba el tiempo, sabía que el dinero nunca fue problema para aquel joven, no en vano pertenecía a una de las familias más acaudaladas de la zona.

Rodrigo simplemente se entregaba a disfrutar del momento, sabiendo que el año próximo estaría en África, lejos de todo, lejos de Carmelita…

miércoles, 17 de febrero de 2010

LETRA MENUDA. LA CONFABULACIÓN DE LOS RAROS (A Confabulation of Freaks). Acto I: Irrupción de Slowman


Esa tarde llegó a su pequeño apartamento en el corazón del distrito financiero antes de lo habitual, abrió el envoltorio de su triangular sandwich colocándolo en un pequeño plato junto a una lata de Coca-cola. En ese preciso instante sintió una punzada aguda en su vejiga; con un acto reflejo se miró los pies y atónito descubrió que aun no se había calzado sus patines.

Inexorablemente, aquello significaba que a duras penas recorrería un par de metros antes de orinarse en los pantalones, odiaba tanto aquello, aquella lentitud…

Había pasado por infinidad de trabajos, en los que no aguantaba ni una semana, antes de decidirse por ser hombre estatua. Cada día a media mañana se subía a una caja de verduras cubierta por una tela plateada, y caracterizado de hombre plateado dedicaba la jornada a ser él mismo, inmóvil, inerte, respirando con bocanadas que duraban minutos, sintiendo como su sangre fluía dentro de él pausada y cadenciosa como si fuera gel.

Cuando apenas llevaba unos minutos junto a aquel quiosco de la calle Preciados, la gente comenzaba a maravillarse con su quietud, con su estatuario y monolítico porte, llenando en pocas horas la cáscara de coco que colocaba a sus pies.

Hacía pocos meses que decidió abandonar su pueblo natal, justo el día en que su padre le confesó que no era su hijo natural y que siendo un bebé lo encontraron desnudo e inmóvil junto a la maleza. Su madre pensó que era un muñeco y lo guardó en el zurrón junto a dos liebres que su padre había abatido aquella mañana. Hasta pasada media hora, no escucharon un llanto feroz saliendo de la bolsa de cuero, y repararon que habían recogido un niño, que a partir de aquel momento criarían como a un hijo más.

Los primeros años de su infancia fueron felices, como los de cualquier niño, pero con el paso del tiempo notó que poseía unas extrañas cualidades; en situaciones de estrés, peligro o nerviosismo, su cuerpo se ralentizaba al máximo, optimizando el consumo de energía como jamás ningún humano alcanzaría a soñar, se mimetizaba con el medio entrando en una especie de trance vegeto-catatónico hasta que la amenaza se hubiese disipado, sus movimientos se hacían suaves y pausados, escuchaba los sonidos más imperceptibles aislándose de los que le rodeaban; así cuando salía de caza con su padre, a tórtolas o perdices, en el fragor de los disparos, él solamente oía la brisa acariciar las hojas de los olmos junto al río, o las gotas de rocío resbalando entre los helechos.

Cuando contaba con ocho años de edad, se enfrascó en una disputa a pedradas junto a sus hermanos, contra unos niños ucranianos afectados de Chernobil que venían cada verano al pueblo. Uno de aquellos pequeños cosacos lanzó un canto del tamaño de una nuez, con toda la fuerza que le daba su enjuto cuerpo. El nerviosismo se apoderó de él e inició un desplazamiento lateral tratando de esquivar el proyectil, pero su musculatura se tornó lenta y rígida, desplazando su cuerpo como un buque entre los hielos de la Antártida. Vio acercarse la piedra, escuchándola girar en el aire, despidiendo en su rotación el poco barro que aún quedaba pegado a ella, para finalmente impactar en medio de su frente, tumbándole de espaldas.

Como en toda contienda infantil, aquello significó un momentáneo cese de las hostilidades, que sus hermanos aprovecharon para acercarse. Una gran brecha cruzaba su frente de lado a lado, pero no brotaba sangre de ella, en su lugar una línea de sangre se depositaba como temiendo brotar.

Aquella pedrada le dejó una generosa cicatriz, la misma que aquella mañana presidía el rostro que le devolvía el espejo, mientras se disponía a lavar el pantalón húmedo con olor a almizcle.

viernes, 29 de enero de 2010

LETRA MENUDA. MEMORIAS APÓCRIFAS Y PANEGÍRICO OCASIONAL

Cada tarde recorría las dos horas de trayecto necesarias para llegar al pueblo a lomos de un mulo ocre y viejo llamado Reñido, siempre detrás de la caballería que montaba su padre.

Pasaba ese tiempo contando los álamos que crecían junto al río Cubilar, escrutando los matorrales a la espera de ver alguna alimaña, pero sobre todo ocupaba su mente imaginando que era Julio César montando a Genitor, aquel caballo extraordinario casi con pies de hombre y pezuñas hinchadas a manera de dedos. De este modo escrutaba las lomas cercanas creyendo tener detrás de él a la décima legión, regresando victoriosa y altiva, tras derrotar a los hijos de Pompeyo en la batalla de Munda.

Eran tiempos en los que la adolescencia era ese lapsus de tiempo necesario para que un niño curta sus manos y pierda la sonrisa. Apenas llevaba un año trabajando junto a su padre, pero hacía ya mucho que dejó de teñir la rienda de grana.

Al llegar a casa sabía que le esperaba como cada tarde su hermano Salvador, en pantalón corto, para comentarle que había explicado Don Francisco en la escuela, y contarle con todo lujo de detalles la última travesura de Damián el de la Tola o los lances futbolísticos del último partido, jugado en la plaza de la ermita con una improvisada pelota de trapo. Disfrutaba viendo a su hermano, relatar aquellos asuntos cotidianos e intrascendentes de forma pausada pero entusiasta.

Salvador nunca escatimó en esfuerzos, cada tarde al ver regresar a su hermano sucio y dolorido, recordaba sus lágrimas, cuando su padre educadamente invitó a Don Francisco a salir de la casa. Fue un domingo después de misa, cuando al llegar vieron al maestro sentado frente a la lumbre; recordaba como entraron sin decir nada y se sentaron en dos sillas en una esquina de la estancia abovedada; el padre clavaba los ojos en el rostro serio de Don Francisco que gesticulaba más de lo habitual, mientras exponía la conveniencia de que su hermano continuase estudiando una vez finalizase sus estudios primarios.

“No hace falta saber nada más para ser labrador…”, “Mis hijos no van a ser médicos ni abogados, serán agricultores como yo, como fue mi padre, eso es lo que somos: agricultores”

En ese momento los dos hermanos comprendieron el alcance de aquellas palabras, nunca habían visto a su padre cambiar de opinión en nada, ni reconocer un error, ni mucho menos permitir que nadie se inmiscuyera en su vida, ni en la forma de educar a sus hijos.

Los dos se fueron esa noche, como dos condenados a muerte después de oír la sentencia, como aquellos personajes de los tebeos, que a la mañana siguiente van a ser ajusticiados; con la diferencia de que no aparecerían Roberto Alcazar o Pedrín para salvarlos en el último suspiro, porque nadie salva a los condenados a la mediocridad y la miseria; no hay peor sentencia que la que condena a la mezquindad de aquella España de alpargata y hambre.

Don Florián era el cura del pueblo, un viejo párroco ilustrado amante de la historia, de los de sotana de lana negra y tabaco de liar. Había visto algo especial en aquellos dos hermanos que siempre se quedaban después de las clases de latín, para hojear los libros de su pequeña biblioteca. En aquella habitación cuajada de libros, el párroco les descubrió las azañas de Aníbal cruzando los Alpes a lomos de sus elefantes de guerra, les explicó como Leonídas plantó cara a los Diez Mil Inmortales de Jerjes en la Batalla de las Termópilas, como el cadáver del Cid libró su última batalla atado a la montura de Babieca, quién fue Séneca o las maravillas de la Alhambra.

Los dos hermanos tenían una gran facilidad para el latín, y durante ese último año ayudaban al cura en la instrucción de los más pequeños, además de ejercer como monaguillos.

Si algo tenía de bueno la incorporación de José a los trabajos del campo, era que su padre le daba cada domingo un pequeño jornal que gastaba en otra de sus grandes pasiones, los tebeos. Los dos hermanos invertían el poco dinero del que disponían en las aventuras del guerrero del antifaz, yuki el temerario, hazañas bélicas… Con el paso de los años tenían una pequeña colección que guardaban en un viejo baúl forrado de piel que encontraron en el desván de casa de su abuela.

Cada noche antes de dormir, abrían con parsimonia el baúl, extrayendo uno de aquellos tebeos, para releerlo por veinteava o treintava vez.

Una mañana de agosto, un suceso cambió el curso de sus vidas, a la salida de la misa de doce, toda la familia hacía tiempo delante de la parroquia, esperando el momento en que empezaba la caldereta popular que se celebraba cada año, en honor a la patrona. El padre hablaba con sus hermanos sobre la cosecha de grano, la matanza del año anterior o los meses que restaban para que pariera su yegua árabe. Los dos hermanos, emulaban a Di Estéfano dando patadas a una piedra con aquellos incómodos zapatos de las grandes ocasiones.

Entre la gente Don Florián se abría paso, saludando distraído a unos y a otros. Se dirigió decidido al padre, y delante de sus hermanos, de sus vecinos y del resto del pueblo, le espetó un rosario de duras palabras que helaron su sangre.

“Cuantos darían un brazo por tener los hijos que tienes, trabajadores, inteligentes y siempre dispuestos a cumplir con su obligación”, “vergüenza me daría negarles la oportunidad de conseguir aquello que tu ni siquiera has soñado”, “no me gustaría verme en tu pellejo el día que tengas que mirar a los ojos de tus hijos y bajar la mirada de vergüenza”.

Aquello descolocó a aquel hombre huraño y soberbio, no dijo nada durante todo ese día, y tampoco durante el día siguiente. Finalmente al tercer día, se puso su gorra de paño negra y se encaminó a la parroquia, para comunicarle al cura que había decidido que el curso siguiente los dos hermanos fueran a continuar sus estudios a un internado de los Salesianos, pero que si en algún momento alguno de los dos no cumplía con los requisitos para la concesión de las becas, volvería al pueblo para ocuparse de las labores del campo y que en ese momento regresaría a la parroquia para reprocharle el haberle convencido de apartar a sus hijos del camino que él había previsto para su hijos.

Al día siguiente los dos hermanos jugaban al fútbol bajo un estival sol de justicia, en una era cercana junto a otros niños del pueblo. Escucharon el silbido característico de su tío Juan, el pequeño de los hermanos de su padre, que a lo lejos les llamaba montando su caballo negro. Los dos arrancaron a correr; el tío Juan solía darles onzas de chocolate, o un duro por cabeza en los días de feria.

“He estado esta mañana con vuestro padre, me ha dicho que el año que viene vais a estudiar en Mérida, donde los Salesianos”.

Los dos hermanos se miraron sin decir nada y bajaron corriendo por la calle de la fuente, las estrechas callejuelas devolvían cada uno de sus pasos repetidos en forma de eco. Gotas de sudor corrían por las sienes de ambos hermanos, que respiraban profundamente con una mezcla de incredulidad y felicidad.

José sabía que eso significaba dejar de ensillar las bestias al alba, de segar el trigo con aquellas hoces afiladas, de recoger aceitunas con el frío y la lluvia agarrado a los huesos, o de aquellas noches en vela durmiendo al raso con los braceros, escuchando el aullido de los lobos rompiendo el silencio. Tenía ganas de llegar a su casa confirmar la noticia y abrazar a su padre como no hacía desde unos años atrás.

Al cruzar la calle Capitán General Yagüe, sintieron un olor parecido al que deja la hojarasca al arder, una humareda negra salía del corral de su casa. Entraron en la humilde vivienda y al pasar junto a su habitación vieron el viejo baúl abierto y vacío. Una vez en el corral, vieron a su padre de espaldas, delante de una pequeña fogata donde ardía su colección de tebeos.

Los dos hermanos permanecieron inmóviles viendo como se consumía aquel amasijo de páginas entintadas. Dos lágrimas recorrieron las mejillas de Salvador, llegando a su barbilla para posteriormente precipitarse hasta chocar con el suelo empedrado del corral.

El padre pisó las cenizas y se encaminó hacia sus dos hijos, con paso firme y altivo. Al llegar a la altura de los dos hermanos les dijo de un modo rotundo:

“si vais a estudiar, no tendréis tiempo para tebeos…”

Y tocando el hombro de José le dijo:

“Ayúdame que tenemos que herrar a Reñido”