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jueves, 12 de julio de 2012

CARTAS A LOS FILIPENSES. LA OVACIÓN DEL HAMBRE


Esta imagen de la bancada popular aplaudiendo en pie, no tendría más trascendencia sino fuera por que se acababa de anunciar un recorte de 60.000 millones en dos años que sin duda traerá aparejado el sufrimiento de muchas familias españolas. Una cosa es tomar medidas necesarias como un cirujano que extirpa un miembro cangrenado y otra bien diferente es celebrar el dolor de los ciudadanos... a menos que en ese dolor este tu "negocio".
Es razonable apretarse el cinturón ante la dificultad, la austeridad es necesaria y conveniente siempre que vaya acompañada de políticas de generación de riqueza y creación de empleo, ya que de otro modo derivará en mayor RECESIÓN y por tanto en empobrecimiento del pais; en este post  aprovecho para volver a preguntarme por la ley de emprendedores que nos prometió el señor Rajoy en la campaña electoral, aunque viendo como está el patio lo extraño sería que algo de lo que figuraba en el programa electoral se materializase finalmente.
Lo que es curioso es que estos sacrificios tan necesarios siempre se piden a los mismos, echo de menos en el discurso de ayer que le dieran un bocado a los 10.000 millones anuales que se lleva la iglesia en virtud al Concordato o que se suprimiera la exención de pagar el IBI a la Iglesia (entre 2000-3000 millones anuales). Por cierto, gracias a la recuperación del Códice Calixtino que motivo la aparición pública de nuestro presidente (no solo iba a dar la cara en la final de la Eurocopa...) nos hemos podido enterar que sólo la Catedral de Santiago recauda 4 millones de euros al año, por supuesto libres de impuestos...
Nada de un impuesto para grandes fortunas como han hecho en Francia, o meterle mano a las SICAV... para el que tiene Amnistia fiscal. Tampoco se dijo nada ayer de recortar el presupuesto de la Casa Real.
Viendo además al principal lider de la oposición, entendiendo el debate de ayer como un debate del estado de la nación cuando no lo era, y sin ninguna credibilidad por el mero hecho de ser compañero de viaje de Zapatero, hacen albergar pocas esperanzas sobre el futuro de España, un país que desde hace ya algún tiempo va camino de su latinoamericanización, previa extinción de sus clases medias.
Por cierto todo esto obedece al guión de la creación de la Europa a dos velocidades, Alemania, Holanda etc... tienen ya el IVA más bajo que los paises del sur y su deuda interés positivo, por lo que no tienen problema para financiarse. A lo mejor ha llegado el momento de dejar de participar en esta opereta,o de prepararmos para el futuro que nos espera, un futuro de lobos y corderos. Así que eduquen a sus hijos para ser los lobos del mañana...
abrochense los cinturones.

miércoles, 4 de abril de 2012

CARTAS A LOS FILIPENSES. SIEG HEIL, FRAU MERKEL.


A medida que avanza el año 2012, los españoles nos vamos dando de bruces con la cruda realidad. Parece que el nuevo gobierno, que en su día nos aseguró que una vez se fuera ZP los mercados volverían a confiar en España y a fuerza de gestión eficaz emprendería el camino de salida de la crisis creando 3.500.000 de empleos en esta legislatura, empieza a repetir esa pleitesía a Alemania y los mercados, esos tics serviles que llevaron al abismo a los socialistas, impropios de un pais que en su día fue un imperio donde no se ponía el sol.

Alemania con la señora Merkel a la cabeza está consiguiendo algo que Hitler no pudo y es tener a Europa marchando al paso de la oca con el arma más eficaz de todas: la amenaza de los mercados (ese ente invisible) como blitkrieg contemporanea.

En esta coyuntura, con la soberanía en entredicho, nuestro sistema democrático toma tintes de sainete y puestos a aceptar políticas al dictado de nuestros "amigos del norte", a asistir a la vergonzante visión de presidentes del gobierno y ministros de economía yendo y viniendo de Bruselas a que les pongan deberes, prefiero que de una vez por todas nos convirtamos en protectorado alemán, regida por funcionarios teutones que nos aprieten las tuercas y nos chupen la sangre. Porque es mucho más digno estar sometido que el servilismo sinsentido.

Alemania nos impuso el mantra del control del déficit que hemos aceptado sin pensar, como la última tabla de salvación donde agarrarnos, algo que desde luego no comparten en EEUU. Esta mierda del déficit es uno de sus traumas, arrastrados de la otra vez que Alemania quiso ser dueña de Europa. El problema no está en deber dinero, sino en la gestión que se hace de él, en la diferencia entre pedir prestado para generar riqueza, actividad y empleo o para derrocharlo.

A la señora Merkel habría que recordarle y reprocharle, que gracias a que un día la República Federal alemana rompió todas las ideas políticas y económicamente correctas sobre el déficit y se endeudó en 1,3 billones de euros, la República Democrática Alemana, el país donde ella nació, se unió a la República Federal alemana y juntos formaron el estado más fuerte y más rico de Europa. ¿Fue un error entonces crear ese monstruoso déficit? Y si no lo fue ¿por qué es un error ahora? ¿No fue un error para Alemania, pero sí lo es para España?. Buff, creía que la idea de un “pueblo de señores” Herrenvolk, que deben gobernar a los “subhombres” estaba ya superada. ¿O no?.

Los mercados no son seres mitológicos, son bancos y agencias de calificación que nunca se tranquilizarán, da igual lo que hagamos, tienen en nuestro miedo su negocio. Seguirán presionando para crear, estúpida y egoístamente, islotes de una riqueza insultante en un mar de pobreza. Esta es la esencia del capitalismo.

Esta dinámica finalmente supondrá que el Estado del Bienestar se vaya al garete. Esto va a crear intranquilidad social. ¿Qué será lo próximo que exijan “los mercados”. ¿Que los camisas pardas salgan a la calle para apalear a los obreros revoltosos? ¿Exigirán la reinstauración de la Gestapo? Y, en caso que lo exijan ¿también habrá que obedecerlos?.

La locomotora alemana no tira ya con tanta fuerza como antes de la economía europea. Es cierto, y la explicación a esta catástrofe es bien fácil: no es sólo fabricar productos. Tiene que haber personas que compren dichos productos. Que contentos estaban los alemanes en los años de bonanza en España, cuando nuestros jóvenes dejaban los estudios para trabajar en la construcción y con su nómina de alicatador corrían a comprar un Bmw o un audi, cuando las viviendas que construíamos se equipaban con electriodomésticos Bosh o Siemens....benditos P.I.G.S.

Para comprar productos, se necesita dinero. Y bajando los salarios y recortando la pensiones no se pone el dinero en circulación, sino todo lo contrario. Cuantos más recortes se hagan, peor irá la economía. Digan “los mercados” lo que quieran.

Y cuando una industria inunda el mercado de productos que nadie puede comprar, por muy buenos que sean, sólo queda una solución, solución que también ensayó ya uno de los predecesores de Merkel: el espacio vital. Arrebatar a los subhombres el trigo de Ucrania y el petróleo de Bakú. Hacerlos trabajar para el pueblo de los señores y expandir el mercado de productos alemanes con estados satélites. No se si la señora Merkel tendrá suficientes divisiones Panzer para una segunda operación Barbarroja.

En base a lo comentado, prefiero una España gobernada por los Boches con un precepto en cada provincia que nos cobre el diezmo y nos ejecutecute eficazmente el derecho de pernada. Un gobierno exógeno que nos guíe con mano de hierro, para poder cagarte agusto en sus muertos sabiendo que no es un compatriota, y si alcanza el valor echarme al monte, porque la Señora Merkel no debe olvidarse que varias generaciones crecimos viendo cada tarde a Curro Jimenez.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

LETRA MENUDA. VERDES Y RASGADOS. Folletín melodramático en tres Actos.

Parte II. 20 DE DICIEMBRE DE 1938

El invierno de 1938 fue especialmente duro, era común ver las cunetas sembradas con cadáveres de soldados muertos por congelación. El grado de capitán del cuerpo de ingenieros le otorgaba el privilegio de montar a Gladio, un caballo tordo, noble y fuerte que le acompañaba desde el 36, y eso sin duda en caminos con cuarenta centímetros de nieve era mucho.

Rodrigo Nuñez sentía un gran aprecio por aquel animal, no en vano era el caballo de su padre, un miembro de la familia además de un compañero de armas. Aquella noche una densa niebla lo cubría todo, el batallón avanzaba en silencio por una senda tortuosa y agreste, intuida por el surco que dejaba el paso errático de los soldados.

De pronto un crujido seco rompió el silencio, como si un tronco se hubiese roto bajo el caballo, que cayó como un peso muerto arrastrando consigo al jinete. El caballo relinchaba de dolor con los ojos desorbitados; Rodrigo reparó en su pata trasera quebrada como una rama seca; el hueso había aflorado y un charco de sangre comenzó a teñir la nieve.

Miró a los ojos del animal y durante segundos pareció hacerse el silencio, dejó de escuchar los relinchos atronadores. Despacio, sacó su pistola Astra de 9 mm y disparó mientras una lágrima recorría su mejilla izquierda. Esa fue la penúltima vez que disparó aquella arma.

LETRA MENUDA. VERDES Y RASGADOS. Folletín melodramático en tres Actos.

Parte I. 15 DE NOVIEMBRE DE 1935

Rodrigo Nuñez subió esa tarde los cincuenta y cuatro peldaños de mármol que conducían hasta el lupanar que regentaba mademoiselle Trenant, una viuda que presumía de haber tenido como clientes a los más destacados artistas de Monmartre. Los viernes por la tarde el salón del pequeño piso del centro de la ciudad se llenaba de bachilleres de familias bien de toda la provincia, que apuraban sus pagas antes de volver a casa el fin de semana.

El burdel tenía fama de local con clase, con un aire algo decadente y bohemio. Mientras una gramola inundaba el aire con boleros y canciones francesas, las chicas vistiendo batines de seda desfilaban entre los clientes que apuraban sus copas de Cognac.

Rodrigo hacía tiempo que venía sólo, sin compañía de sus amigos, para encontrarse con Carmelita. No había faltado ni un viernes a su cita, desde aquel día de agosto en que sus hermanos mayores le llevaron para que se estrenase a lo grande. De no ser porque sus hermanos reconocerían aquellos enormes ojos verdes y rasgados, hace tiempo que la hubiese sacado de aquel lugar, liberándose de la angustia que le producía imaginarla con otros hombres, hace tiempo que le hubiese pedido matrimonio. Su familia podría llegar a tolerar que acabase con alguien que no fuese de su clase social, pero jamás con una puta.

Ese año Rodrigo acabaría sus estudios de ingeniería, y su padre le había preparado un prometedor futuro en Casablanca, donde sus contactos le garantizarían un buen cargo en la empresa francesa encargada de la construcción de la línea de ferrocarril.

Rodrigo esperaba ansioso la llegada del viernes, nada le importaba el grupo de hombres con brazaletes de la CNT que se apostaban cada tarde bajo el burdel y murmuraban a sus espaldas, nada ni nadie podía evitar que cada viernes fuera a mirarse en los ojos de Carmelita, para morder suavemente cada rincón de su piel y sumergirse finalmente entre sus muslos torneados. Otras tardes las pasaban riendo como novios, o charlando durante horas sin ser conscientes del tiempo. A mademoiselle Trenant tampoco le importaba el tiempo, sabía que el dinero nunca fue problema para aquel joven, no en vano pertenecía a una de las familias más acaudaladas de la zona.

Rodrigo simplemente se entregaba a disfrutar del momento, sabiendo que el año próximo estaría en África, lejos de todo, lejos de Carmelita…

viernes, 29 de enero de 2010

LETRA MENUDA. MEMORIAS APÓCRIFAS Y PANEGÍRICO OCASIONAL

Cada tarde recorría las dos horas de trayecto necesarias para llegar al pueblo a lomos de un mulo ocre y viejo llamado Reñido, siempre detrás de la caballería que montaba su padre.

Pasaba ese tiempo contando los álamos que crecían junto al río Cubilar, escrutando los matorrales a la espera de ver alguna alimaña, pero sobre todo ocupaba su mente imaginando que era Julio César montando a Genitor, aquel caballo extraordinario casi con pies de hombre y pezuñas hinchadas a manera de dedos. De este modo escrutaba las lomas cercanas creyendo tener detrás de él a la décima legión, regresando victoriosa y altiva, tras derrotar a los hijos de Pompeyo en la batalla de Munda.

Eran tiempos en los que la adolescencia era ese lapsus de tiempo necesario para que un niño curta sus manos y pierda la sonrisa. Apenas llevaba un año trabajando junto a su padre, pero hacía ya mucho que dejó de teñir la rienda de grana.

Al llegar a casa sabía que le esperaba como cada tarde su hermano Salvador, en pantalón corto, para comentarle que había explicado Don Francisco en la escuela, y contarle con todo lujo de detalles la última travesura de Damián el de la Tola o los lances futbolísticos del último partido, jugado en la plaza de la ermita con una improvisada pelota de trapo. Disfrutaba viendo a su hermano, relatar aquellos asuntos cotidianos e intrascendentes de forma pausada pero entusiasta.

Salvador nunca escatimó en esfuerzos, cada tarde al ver regresar a su hermano sucio y dolorido, recordaba sus lágrimas, cuando su padre educadamente invitó a Don Francisco a salir de la casa. Fue un domingo después de misa, cuando al llegar vieron al maestro sentado frente a la lumbre; recordaba como entraron sin decir nada y se sentaron en dos sillas en una esquina de la estancia abovedada; el padre clavaba los ojos en el rostro serio de Don Francisco que gesticulaba más de lo habitual, mientras exponía la conveniencia de que su hermano continuase estudiando una vez finalizase sus estudios primarios.

“No hace falta saber nada más para ser labrador…”, “Mis hijos no van a ser médicos ni abogados, serán agricultores como yo, como fue mi padre, eso es lo que somos: agricultores”

En ese momento los dos hermanos comprendieron el alcance de aquellas palabras, nunca habían visto a su padre cambiar de opinión en nada, ni reconocer un error, ni mucho menos permitir que nadie se inmiscuyera en su vida, ni en la forma de educar a sus hijos.

Los dos se fueron esa noche, como dos condenados a muerte después de oír la sentencia, como aquellos personajes de los tebeos, que a la mañana siguiente van a ser ajusticiados; con la diferencia de que no aparecerían Roberto Alcazar o Pedrín para salvarlos en el último suspiro, porque nadie salva a los condenados a la mediocridad y la miseria; no hay peor sentencia que la que condena a la mezquindad de aquella España de alpargata y hambre.

Don Florián era el cura del pueblo, un viejo párroco ilustrado amante de la historia, de los de sotana de lana negra y tabaco de liar. Había visto algo especial en aquellos dos hermanos que siempre se quedaban después de las clases de latín, para hojear los libros de su pequeña biblioteca. En aquella habitación cuajada de libros, el párroco les descubrió las azañas de Aníbal cruzando los Alpes a lomos de sus elefantes de guerra, les explicó como Leonídas plantó cara a los Diez Mil Inmortales de Jerjes en la Batalla de las Termópilas, como el cadáver del Cid libró su última batalla atado a la montura de Babieca, quién fue Séneca o las maravillas de la Alhambra.

Los dos hermanos tenían una gran facilidad para el latín, y durante ese último año ayudaban al cura en la instrucción de los más pequeños, además de ejercer como monaguillos.

Si algo tenía de bueno la incorporación de José a los trabajos del campo, era que su padre le daba cada domingo un pequeño jornal que gastaba en otra de sus grandes pasiones, los tebeos. Los dos hermanos invertían el poco dinero del que disponían en las aventuras del guerrero del antifaz, yuki el temerario, hazañas bélicas… Con el paso de los años tenían una pequeña colección que guardaban en un viejo baúl forrado de piel que encontraron en el desván de casa de su abuela.

Cada noche antes de dormir, abrían con parsimonia el baúl, extrayendo uno de aquellos tebeos, para releerlo por veinteava o treintava vez.

Una mañana de agosto, un suceso cambió el curso de sus vidas, a la salida de la misa de doce, toda la familia hacía tiempo delante de la parroquia, esperando el momento en que empezaba la caldereta popular que se celebraba cada año, en honor a la patrona. El padre hablaba con sus hermanos sobre la cosecha de grano, la matanza del año anterior o los meses que restaban para que pariera su yegua árabe. Los dos hermanos, emulaban a Di Estéfano dando patadas a una piedra con aquellos incómodos zapatos de las grandes ocasiones.

Entre la gente Don Florián se abría paso, saludando distraído a unos y a otros. Se dirigió decidido al padre, y delante de sus hermanos, de sus vecinos y del resto del pueblo, le espetó un rosario de duras palabras que helaron su sangre.

“Cuantos darían un brazo por tener los hijos que tienes, trabajadores, inteligentes y siempre dispuestos a cumplir con su obligación”, “vergüenza me daría negarles la oportunidad de conseguir aquello que tu ni siquiera has soñado”, “no me gustaría verme en tu pellejo el día que tengas que mirar a los ojos de tus hijos y bajar la mirada de vergüenza”.

Aquello descolocó a aquel hombre huraño y soberbio, no dijo nada durante todo ese día, y tampoco durante el día siguiente. Finalmente al tercer día, se puso su gorra de paño negra y se encaminó a la parroquia, para comunicarle al cura que había decidido que el curso siguiente los dos hermanos fueran a continuar sus estudios a un internado de los Salesianos, pero que si en algún momento alguno de los dos no cumplía con los requisitos para la concesión de las becas, volvería al pueblo para ocuparse de las labores del campo y que en ese momento regresaría a la parroquia para reprocharle el haberle convencido de apartar a sus hijos del camino que él había previsto para su hijos.

Al día siguiente los dos hermanos jugaban al fútbol bajo un estival sol de justicia, en una era cercana junto a otros niños del pueblo. Escucharon el silbido característico de su tío Juan, el pequeño de los hermanos de su padre, que a lo lejos les llamaba montando su caballo negro. Los dos arrancaron a correr; el tío Juan solía darles onzas de chocolate, o un duro por cabeza en los días de feria.

“He estado esta mañana con vuestro padre, me ha dicho que el año que viene vais a estudiar en Mérida, donde los Salesianos”.

Los dos hermanos se miraron sin decir nada y bajaron corriendo por la calle de la fuente, las estrechas callejuelas devolvían cada uno de sus pasos repetidos en forma de eco. Gotas de sudor corrían por las sienes de ambos hermanos, que respiraban profundamente con una mezcla de incredulidad y felicidad.

José sabía que eso significaba dejar de ensillar las bestias al alba, de segar el trigo con aquellas hoces afiladas, de recoger aceitunas con el frío y la lluvia agarrado a los huesos, o de aquellas noches en vela durmiendo al raso con los braceros, escuchando el aullido de los lobos rompiendo el silencio. Tenía ganas de llegar a su casa confirmar la noticia y abrazar a su padre como no hacía desde unos años atrás.

Al cruzar la calle Capitán General Yagüe, sintieron un olor parecido al que deja la hojarasca al arder, una humareda negra salía del corral de su casa. Entraron en la humilde vivienda y al pasar junto a su habitación vieron el viejo baúl abierto y vacío. Una vez en el corral, vieron a su padre de espaldas, delante de una pequeña fogata donde ardía su colección de tebeos.

Los dos hermanos permanecieron inmóviles viendo como se consumía aquel amasijo de páginas entintadas. Dos lágrimas recorrieron las mejillas de Salvador, llegando a su barbilla para posteriormente precipitarse hasta chocar con el suelo empedrado del corral.

El padre pisó las cenizas y se encaminó hacia sus dos hijos, con paso firme y altivo. Al llegar a la altura de los dos hermanos les dijo de un modo rotundo:

“si vais a estudiar, no tendréis tiempo para tebeos…”

Y tocando el hombro de José le dijo:

“Ayúdame que tenemos que herrar a Reñido”